Bailamos con nuestro vanidoso reflejo, siempre atentos a causar una impresión de mucho mundo y de perfecto dominio de las circunstancias. Así, quien más y quien menos, vamos protagonizando el absurdo teatro de la vida en sociedad.
A final de cuentas, los viejos afanes son olvidados o hacemos una rutina de ellos. En el mejor de los casos nos hacemos de unos nuevos pero igual de irrelevantes. No queda nada. Sólo un sueño la existencia y sin poder dar testimonio de nosotros mismos nos inventamos toda suerte de identidades, roles o la negación de ellos, que no deja de ser otro rol, otra identidad.
Vamos de la inconsciencia del nacimiento a la de la de la de la muerte. Atrás sólo el humo, delante un camino inexistente.