jueves, 28 de enero de 2010

Sin saber si estamos.

Entre los afanes de la vida diaria nos vamos desgastando y, sin desearlo, vamos cargándonos de tensiones y anhelos frustrados. Tratamos de aliviar todo esto sumergiéndonos en una vorágine de placeres instantáneos que estallan cual fuegos artificiales, dejando sólo una cortina de humo y el punzante estallido que desde los oídos nos deja retumbando la cabeza.
Bailamos con nuestro vanidoso reflejo, siempre atentos a causar una impresión de mucho mundo y de perfecto dominio de las circunstancias. Así, quien más y quien menos, vamos protagonizando el absurdo teatro de la vida en sociedad.
A final de cuentas, los viejos afanes son olvidados o hacemos una rutina de ellos. En el mejor de los casos nos hacemos de unos nuevos pero igual de irrelevantes. No queda nada. Sólo un sueño la existencia y sin poder dar testimonio de nosotros mismos nos inventamos toda suerte de identidades, roles o la negación de ellos, que no deja de ser otro rol, otra identidad.
Vamos de la inconsciencia del nacimiento a la de la de la de la muerte. Atrás sólo el humo, delante un camino inexistente.

1 comentario:

  1. Creo que más que tensiones o anhelos frustrados, nos cargamos de palabras, de idiomas conocidos sólo en nuestra mente. Especulaciones que proyectan nuestros ojos dormidos en la sombra del otro. Un intento de reflejar el insomnio y el absurdo cotidiano.
    Hay días en que amanecemos nublados y con lluvia en el corazón, otros, con sol radiante en las venas que pulsan y deletrean monosilábicas ideas detrás de una máscara de payaso colgada en los recuerdos de nuestra infancia.
    La vanidad, es otro discurso salomónico depositado en el los libros de moral, cuyo afán es despertar de la sombra los miedos. Esos bailes circunstanciales generados después de una masturbación con el roce del colchón.
    De la sociedad, sólo me queda decir que es el colectivo de la hipocresía. El abrazo de estoperoles afilados para ir rasgando sutilmente las emociones del supuesto sujeto interlocutor.
    Y la rutina, el viejo pretexto para justificar que no hay impulso para creer en uno mismo. El lastre que nos hace agonizar segundo a segundo.
    Somos viejas almas desahuciadas, un intento de vida que sólo quedó en eso, en intento...

    ResponderEliminar