miércoles, 18 de noviembre de 2009
martes, 17 de noviembre de 2009
NOCHE DE INVIERNO
-Perdone que la moleste, pero tengo mucho miedo, estoy perdida y casi me atropellan.
-Pasa, pasa, ¿quieres una taza de café?
-No, gracias.
-¿Quieres llamar por teléfono a tú casa?, ya es tarde, pueden estar preocupados.
-No, no. Ahorita nada más los voy a asustar.
A lo lejos se oyó ruido de patrullas y ambulancias, sirenas urgidas por llegar . Laura pensó que era algo importante, así que decidió ir a tomar unas fotos.
-Espérame aquí, no me tardo. -dijo y se metió a su cuarto a buscar la cámara. Cuando regresó no vio a la joven, sólo un papel que tenía escrito un número de teléfono.
Sintió algo extraño, algo así como un viento frío que envolvió su cuerpo.
Cuando llegó al grupo de curiosos que ya se había juntado para ese entonces, preguntó a un señor sobre lo que había pasado, se veía que podía saber lo ocurrido.
-Creo que atropellaron a una joven.
Laura se adelantó hasta los policías y se identificó como fotografa de prensa diciéndoles que necesitaba tomar algunas fotos.
Cuando le destaparon la cara para que tomara sus fotografías se acordó de la chica, era igual... tal vez...
Oyó que murmuraban que la joven no llevaba nada que la identificara, ni dónde avisar la mala noticia; sin pensarlo, Laura sacó el papel con el número telefónico de su bolsillo y les dijo que a ese teléfono avisaran. Se quedaron sorprendidos. Le hicieron caso. No tenían más elección. Laura siguió tomando fotos.
EL TUNEL PSIQUIÁTRICO

Transcurrían los días y Foster me comentaba su impotencia, caminaba como un gorila presto a atacar. A hacer lo que fuera para escapar de la jaula de los ángulos esquizofrénicos y aplastantes, golpeaba con su enorme puño los cristales reforzados, transparentes al pasto verde, a la barda de piedra que saltábamos con nuestra imaginación cuando nos íbamos de juerga a ver a nuestras respectivas novias, en la noche azul, estrellada.
El llanto hacía presa de él como de mí también. Pero nuestras familias nos habían llevado allí, a ese lugar, querían que fuésemos normales.
Foster me intimidaba con su mirada azul, penetrante, su estado de ánimo variable, a veces se volvía afable y sonriente y gritaba a los cuatro vientos: "Yo no estoy loco, yo no estoy loco" y tarareaba una cancioncita antes de que el reverso de la moneda llegara y se volviera Hitler o Marilyn Monroe.
El despertar de un electro shock en la jungla de las impresiones, en el mar negro, envuelve el aliento; sábanas blancas y las miradas perdidas. En el ocaso de una mañana sombría y fantasmal. Se revolvía como pez en la arena. Se asfixió cien veces, cien veces lo amarraron.
Pendiente del reloj, Foster trepaba las manecillas, cuidadosamente las desglosaba, sumaba y restaba el tiempo; hacía favores a las enfermeras y a los internos que le necesitaban. La necesidad de hacer favores, decía, puede venir del corazón o del candado que ciega la razón y te vuelve sumiso ante la rebeldía o el suicidio; nuestros problemas siempre se asemejan, aunque sean de distinta índole.
El estado emocional provee al enfermo diferentes características y circunstancias.
Yo no podría describir exactamente a David Foster, pero internamente estaba deprimido y desquiciado. Aunque mi problema era la drogadicción, podríamos decir que éramos un mismo ser que purgaba una condena de salvación en el vientre de una hiena.
La vida seguía su cauce, los prados verdes, miradas vagas, pañales desechables, el futuro, las regaderas, hombres desnudos, los artistas, los pasajeros, los presidentes, oradores, ciegos. La desesperación llegaba a Foster cuando clandestinamente alguien fumaba en su cubículo, sus pulmones se retorcían fuertemente, las manos le empezaban a sudar y el vientre le temblaba en una angustia callada.
Había un hoyo en la pared del lado de la avenida, por ahí circulaban los cigarrillos de mariguana. Jamás investigué de este servicio, sólos sé que hombres como yo, con el mismo problema, se drogaban en una clínica psiquiátrica.
Más de una vez me ofrecieron, pero pudo más mi afán de recuperación, fuerzas internas me ayudaron a no caer en el mismo problema del cual yo me estaba liberando en esos momentos. Los días que pasé en ese infierno no quiero volver a vivirlos nunca. Mi sensibiliadad se veía impregnada de alucinaciones, de fenómenos trascendentales.
Quise suicidarme porque el desaforo de mi mente perseguía ya los instintos de visión, me sentía el villano de la novela, donde todos los personajes quieren acabar con él. Desperté en el piso, melancólico, sin haber podido lograr mi objetivo, con la bata al cuello y la ayuda de tres sujetos que impidieron terminar conmigo mismo. Me dejé crecer la barba, lo mismo hizo Foster, éramos como dos hermanos que se comprendían y querían; ambos pertenecíamos al mismo grupo de didactas, argumentistas, sonoros, locuaces.
Pasaba el tiempo, indolente, desdichado, rechinando el mecanismo de un reloj manipulado y miserable.
Siempre esperaba el avión de las seis, su ruido, su altura, su estrategia para moldear los aires me hacían sentir libre en un cielo dorado y espeso. No sé cuantas veces lo miré pasar; sólo sé que ahí estaba mi futuro, al alcance de la imaginación, en un simple pájaro de acero.
El deseo por un churro de mota me llevaba a los extremos, el corazón me palpitaba fuertemente, como queriendo escapar de un cuerpo en desdichada ansiedad, atiborrado por pastillas financiadas entre la soledad y la ética de un psiquiatra que se negó a ser mi amigo.
Me da tristeza recordar que siempre fui uno más del montón.
lunes, 16 de noviembre de 2009
Noooo, no voy a llorar por ti,
vooooy, a guardarme este recuerdo.
Nooo, no voy a llorar por ti,
queeee, mi corazon no ha muerto,
no ha muerto,
no ha muerto.
Que quieren sueños de nuestra tierra o vislumbres de cada guerra,
donde los dientes de un zapoteca liberan sueños de mezcal.
Que lo malo se va acabar,
que lo bueno ya va a empezar.
Ya no quiero llorar de pena solo quiero cantar azucenas,
que el cielo me quiere cantar,
que el cielo me quiere cantar,
platicaba la espuma al mar,
platicaba la espuma al mar.
Que unos ojos que estaban llorando,
que unos puños que se cerraban,
y en el viento que se crecía,
mariposas que ya no volaban.
Y una guerra tapan con su manto,
unas calles con hombres quebrados,
donde manda la ley de la selva,
donde fueron las cosas buenas.
Yo te culpo por el silencio,
en la culpa de una mirada,
yo te uso como testigo
es un caso sin juez ni balanza.
Yo te busco por el bordado,
de mujeres y de poetas,
el discurso que causa preguntas,
el tejido de servilletas.
¡Justicia!
Te busqué en la calle,
te busqué en el diario,
la televisión,
en las voces sordas de los tribunales.
¡Justicia!
Te busqué en las caras,
te busqué en las bocas,
te busqué en las mentes,
te busque en los ojos de nuestras ciudades.
Sigo creyendo, que lo malo acaba,
que lo bueno viene,
la conciencia te llama.
Siiigo creyendo, que lo malo acaba,
que lo bueno viene,
la conciencia te llama.
nanananananana, nanananana, nanananana, nananananaaaaa.
Yo te busco en las defunciones,
que en papel nunca aparecieras,
en la mancha de las canteras,
la pintura te borraría.
Pero no borran mi memoria,
ni el orgullo, ni valentia,
ni la voz de las cacerolas,
ni la radio de mis vecinas.
Como a ciegas vamos tentanto,
que en el odio no hay luz que pase,
se hace fuerte ese monumento,
la serpiente de dos cabezas.
No te veo en los altos mandos,
no te encuentro en las oficinas,
ni en el hombre del uniforme,
ni el record de las orillas.
¡Justicia!
Te busqué en la calle,
te busqué en el diario,
la televisión,
en las voces sordas de los tribunales.
¡Justicia!
Te busqué en las caras,
te busqué en las bocas,
te busqué en las mentes,
te busque en los ojos de nuestras ciudades.
Sigo creyendo, que lo malo acaba,
que lo bueno viene,
la conciencia te llama.
Siiigo creyendo que lo malo acaba,
que lo bueno viene,
la conciencia te llama.
nanananananana, nanananana, nanananana, nananananaaaaa.

| La colectividad agraria Del Campo a casa y la cooperativa Ecosecha nos cuentan cómo producen y distribuyen variedades locales y de temporada en un mercado de proximidad. |
El Estado español encabeza la lista en superficie dedicada a la producción ecológica en toda la Unión Europea, según los últimos datos publicados por el Ministerio de Medio Ambiente Rural y Marino. Desde el año 2004 se registró un aumento del 80% de la superficie cultivada hasta alcanzar en la actualidad 1.317.000 hectáreas dedicadas al cultivo certificado en ecológico.
Sin embargo, las cifras con respecto al consumo interno de estos productos no son muy alentadoras. Además de ser un consumo escaso, el 80% de estos productos con certificado ecológico acaban siendo exportados hacia otros países de la Unión Europea como Alemania o Francia, según el Instituto Español de Comercio Exterior.
DIAGONAL ha hablado con dos proyectos que producen hortalizas y verduras a pequeña escala y que hacen agricultura bajo los principios de la agroecología. Uno de ellos es Ecosecha, cooperativa de trabajo asociado con sede en Madrid. El otro Del Campo a Casa, un Servicio a Domicilio en Madrid.
Ambas se caracterizan porque sólo distribuyen sus productos a través de la venta directa, primando las variedades locales y de temporada. Estos dos proyectos cuestionan la agricultura ecológica convencional y proponen formas alternativas de producción agrícola y también de distribución.
Como pequeños agricultores, su principal reto es crear redes de apoyo conjunto que les permita llegar a un mercado lo más próximo posible a sus fincas y estrechar los vínculos con sus consumidores. Entre sus principales limitaciones está el tiempo, pues además de cultivar, necesitan divulgar sus proyectos y hacer actividades de sensibilización para conseguir nuevas personas que se sumen al proyecto, según comenta Joaquín, agricultor de Del Campo a Casa.
Otra barrera habitual para vender a pequeña escala es la falta de estructuras comerciales donde el pequeño productor pueda distribuir directamente su cosecha. “Sólo queremos distribuir nuestros productos a través de la venta directa porque pensamos que el consumidor debe participar de la estructura de producción, de tal manera que haya una comunicación permanente entre el productor y el consumidor”, afirma Javier Peréz, socio trabajador de Ecosecha.
La venta de sus verduras y hortalizas se realiza habitualmente bajo el formato de bolsa cerrada con verduras de temporada, realizando un reparto semanal de la cosecha y garantizando la venta total de la producción. Este modelo exige ciertos cambios en las pautas de los consumidores y exige, también, la organización en grupos de consumidores para poder recibir las verduras semanalmente. El otro método también frecuente, es el de la oferta semanal: Grupos de Consumo bien organizados y divididos en unidades de consumo familiares que reciben semanlamente una oferta de productos donde cada unidad decide lo que pide.
Para ellos las cifras del Ministerio sólo muestran una cara de la agricultura que es la certificada por el Comité de Agricultura Ecológica. Esta certificación controla que no haya residuos químicos en los productos, pero no certifica factores tan importantes como la reducción de residuos en el proceso de producción o que al final del ciclo de vida los materiales usados puedan ser reciclados y reutilizados. La vertiente social y económica tampoco es tenida en cuenta por el sello.
"Para nosotros no supone un gran problema cumplir con todos los parámetros que exige el Comité, pues el etiquetado sólo garantiza un control administrativo en una parte del proceso, pero no garantiza otros parámetros que consideramos fundamentales como que se primen los circuitos de venta de proximidad o el cuidado de los trabajadores, como puede ser a través de la dignificación de sus condiciones laborales", explica Javier.
Del Campo a Casa, a pesar de contar con la certificación, opina que es mucho más interesante que la persona consumidora sea quién los certifique conociendo sus fincas, obteniendo así su sello de confianza. "Nuestro proyecto es mucho más que eso, no es sólo el sello de un producto, es la relación directa, la proximidad, es otra forma de consumo. Porque todos debemos ejercer el principio de responsabilidad compartida en el tránsito hacia el consumo responsable", aclara Joaquín.
Redes de economía social
A su vez, estos proyectos están muy relacionados con las redes de economía solidaria como la Red de Economía Alternativa y Solidaria (REAS) o la red de cooperativas La Traviesa. Para Joaquín, un gran reto dentro de la agroecología es que "además de que nos estamos desvinculando de las grandes empresas de agroquímicos y del modelo de consumo clásico, también consigamos ser parte de otra forma de entender la economía y apostar por los principios de la economía solidaria. Las empresas deben de tener unas bases éticas y deben potenciar ese tipo de modelo con sus formas de hacer". Ambos proyectos han contado o están en el proceso de tener el apoyo de la cooperativa de crédito Coop57 para poder financiar mejoras en sus estructuras.
La experiencia de las cooperativas agroecológicas
Las cooperativas de producción, distribución y consumo de verduras agroecológicas plantean un modo de relación entre productores y consumidores basado en la corresponsabilidad. La idea motriz de grupos como Bajo el Asfalto está la Huerta (BAH!), Surco a Surco (SaS), Crestas y Lechugas, Hortigas y demás Grupos de Consumo Agroecológico, es tomar las decisiones entre productores y consumidores y que desaparezca por tanto la tensión que hay entre estos dos grupos en las relaciones de mercado. Se trata, en casos como el del BAH!, de proyectos económico- políticos que rechazan el modelo de producción, distribución y consumo basado en "producir, consumir y callar". Formar parte de la asamblea de una cooperativa agroecológica requiere cambios en los hábitos de consumo, así como asumir la responsabilidad común de todo el proceso. La mayoría de estas cooperativas se organizan para que los consumidores acudan a la huerta al menos una vez al mes, aunque dependiendo de la estación puede solicitarse más apoyo. También el reparto se socializa y en asamblea se decide sobre cosas como la composición de la cesta semanal, la compra de semillas y el reparto en bolsas de la verdura. Los principios de no emplear fertilizantes, insecticidas ni hormonas hacen que el clima cobre más importancia que en los procesos intensivos; también las plagas pueden jugar malas pasadas, que, en un funcionamiento horizontal, afectan a toda la cooperativa: algunas semanas la cesta es escasa para todos, en verano en cambio es normal que las cestas rebosen. "En septiembre ha habido un esplendor", cuenta Amaia, del SaS del Centro Social la Piluka (Madrid): “calabacines, berenjenas, tomates, etc.”. Lo frecuente es que las cooperativas tengan entre 20 o 25 consumidores por cada trabajador, pero que hay ocasiones en las que, si los trabajadores tienen mucha experiencia en la huerta o las tierras son muy buenas, se pueden alcanzar los 50 consumidores por productor. Crecer no es el objetivo, aseguran desde una de ellas, la idea es que el desarrollo se produzca en un radio pequeño, pero que se compartan conocimientos y medios con otros grupos. El salto adelante, reconocen, “es lograr que las agroecológicas cooperen con otras que aporten otros productos”.
OTRO MUNDO ES POSIBLE
Cultivos de libertad, cuyo objetivo es la reorientación de las rutas, de los puertos, de los mares, de los atardeceres, de nuestros amores...
Pongamos nuestra semilla y hagamos un mundo habitable.