
A salto de mata en el rincón de la ansiedad, los sobresaltos clínicos, el escape mental y espiritual, el guía que se pierde en la noche de papel y los gritos llenos de angustia.
Transcurrían los días y Foster me comentaba su impotencia, caminaba como un gorila presto a atacar. A hacer lo que fuera para escapar de la jaula de los ángulos esquizofrénicos y aplastantes, golpeaba con su enorme puño los cristales reforzados, transparentes al pasto verde, a la barda de piedra que saltábamos con nuestra imaginación cuando nos íbamos de juerga a ver a nuestras respectivas novias, en la noche azul, estrellada.
El llanto hacía presa de él como de mí también. Pero nuestras familias nos habían llevado allí, a ese lugar, querían que fuésemos normales.
Foster me intimidaba con su mirada azul, penetrante, su estado de ánimo variable, a veces se volvía afable y sonriente y gritaba a los cuatro vientos: "Yo no estoy loco, yo no estoy loco" y tarareaba una cancioncita antes de que el reverso de la moneda llegara y se volviera Hitler o Marilyn Monroe.
El despertar de un electro shock en la jungla de las impresiones, en el mar negro, envuelve el aliento; sábanas blancas y las miradas perdidas. En el ocaso de una mañana sombría y fantasmal. Se revolvía como pez en la arena. Se asfixió cien veces, cien veces lo amarraron.
Pendiente del reloj, Foster trepaba las manecillas, cuidadosamente las desglosaba, sumaba y restaba el tiempo; hacía favores a las enfermeras y a los internos que le necesitaban. La necesidad de hacer favores, decía, puede venir del corazón o del candado que ciega la razón y te vuelve sumiso ante la rebeldía o el suicidio; nuestros problemas siempre se asemejan, aunque sean de distinta índole.
El estado emocional provee al enfermo diferentes características y circunstancias.
Yo no podría describir exactamente a David Foster, pero internamente estaba deprimido y desquiciado. Aunque mi problema era la drogadicción, podríamos decir que éramos un mismo ser que purgaba una condena de salvación en el vientre de una hiena.
La vida seguía su cauce, los prados verdes, miradas vagas, pañales desechables, el futuro, las regaderas, hombres desnudos, los artistas, los pasajeros, los presidentes, oradores, ciegos. La desesperación llegaba a Foster cuando clandestinamente alguien fumaba en su cubículo, sus pulmones se retorcían fuertemente, las manos le empezaban a sudar y el vientre le temblaba en una angustia callada.
Había un hoyo en la pared del lado de la avenida, por ahí circulaban los cigarrillos de mariguana. Jamás investigué de este servicio, sólos sé que hombres como yo, con el mismo problema, se drogaban en una clínica psiquiátrica.
Más de una vez me ofrecieron, pero pudo más mi afán de recuperación, fuerzas internas me ayudaron a no caer en el mismo problema del cual yo me estaba liberando en esos momentos. Los días que pasé en ese infierno no quiero volver a vivirlos nunca. Mi sensibiliadad se veía impregnada de alucinaciones, de fenómenos trascendentales.
Quise suicidarme porque el desaforo de mi mente perseguía ya los instintos de visión, me sentía el villano de la novela, donde todos los personajes quieren acabar con él. Desperté en el piso, melancólico, sin haber podido lograr mi objetivo, con la bata al cuello y la ayuda de tres sujetos que impidieron terminar conmigo mismo. Me dejé crecer la barba, lo mismo hizo Foster, éramos como dos hermanos que se comprendían y querían; ambos pertenecíamos al mismo grupo de didactas, argumentistas, sonoros, locuaces.
Pasaba el tiempo, indolente, desdichado, rechinando el mecanismo de un reloj manipulado y miserable.
Siempre esperaba el avión de las seis, su ruido, su altura, su estrategia para moldear los aires me hacían sentir libre en un cielo dorado y espeso. No sé cuantas veces lo miré pasar; sólo sé que ahí estaba mi futuro, al alcance de la imaginación, en un simple pájaro de acero.
El deseo por un churro de mota me llevaba a los extremos, el corazón me palpitaba fuertemente, como queriendo escapar de un cuerpo en desdichada ansiedad, atiborrado por pastillas financiadas entre la soledad y la ética de un psiquiatra que se negó a ser mi amigo.
Me da tristeza recordar que siempre fui uno más del montón.
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